“La tiré porque era mía”.


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La semana pasada escribí un artículo de protesta sobre el derribo de la casa Guzmán por su heredero, al que no dejaba nada bien. Me ratifico en mis opiniones, pero lo que más aprecio aparte de la libertad para opinar es la verdad, y ésta tiene siempre muchas caras. De todas las publicaciones sobre esta noticia, voy a destacar la siguiente, de lasprovincias.es, sobretodo porque refleja una extensa opinión del dueño de la vivienda. Como ya he dicho, este derribo me parece un atropello, pero si queremos realmente evitar que esto vuelva a suceder, debemos asimilar la realidad desde todos los puntos de vista.

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El propietario de la Casa Guzmán de Madrid indigna a los arquitectos al derribar un hito del Movimiento Moderno firmado por Alejandro de la Sota para hacerse una casa “más cómoda y barata de mantener”.

“La casa era fría, triste y me costaba una fortuna mantenerla, así que la tiré y me he hecho una vivienda mucho más cómoda y más barata de mantener”, explica a este periódico Enrique Guzmán Sagarminaga. El argumento parece inapelable, de no ser porque el edificio derribado era una joya de la arquitectura contemporánea española. La Casa Guzmán, obra maestra tardía de Alejandro de la Sota, había sido objeto de peregrinación durante décadas por parte de estudiantes y curiosos. “Mi padre tenía la mala costumbre de invitarles a entrar para que la vieran”, reconoce el actual propietario. Cuestión de orgullo por una obra de la que se sentía coautor, y nada que ver con la actitud de su heredero.

Fueron precisamente unos alumnos de arquitectura que acudían a dibujar uno de los hitos del Movimiento Moderno en España quienes dieron la voz de alarma. El edificio había dejado de existir. En su lugar se levanta hoy un caserón de tres alturas, fachadas blancas, tejado de zinc y escaso valor artístico. El derribo ha provocado la reacción airada de la profesión, que ha llorado la pérdida con una mezcla de tristeza e indignación.

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El edificio fue levantado en 1972 en un solar con unas impagables vistas al valle del Jarama. Enrique Guzmán padre -que había sido presidente de Renfe e Iberia, entre otras compañías- encargó el trabajo a Alejandro de la Sota, que acababa de proyectar para él unos hangares en el cercano aeropuerto de Barajas. Arquitecto y empresario trabaron amistad y dieron forma juntos al proyecto de la que había de ser la vivienda familiar de los Guzmán.

El resultado fue una composición de líneas limpias que aprovechaba el desnivel del solar para sacarle partido al horizonte y establecer una relación fluida entre los interiores y el jardín. El color rojizo del revestimiento de gres y la vegetación, que con los años se había ido apoderando de algunas de las fachadas, contribuyeron a integrar la casa en ese paisaje que describió con maestría Rafael Sánchez Ferlosio.

Una muestra del apego que Guzmán sentía hacia aquella casa es que cuando quiso reformarla para adaptarla a las necesidades de sus hijos, tuvo la delicadeza de contratar a Víctor López Cotelo, discípulo de Sota, para que mantuviera el carácter de la obra original. Pero el empresario falleció en 2014 y la vivienda pasó a manos de su hijo mayor, que no encontró acomodo para su familia entre sus muros.

“Llegué a mudarme allí, pero la casa estaba hecha polvo, no había por dónde cogerla. Las ventanas no se abrían, los techos tenían humedades… Estaba muy deteriorada y me costaba una fortuna mantenerla”, asegura Enrique Guzmán hijo, preguntado por este periódico. “Le tenía cariño, por supuesto, es la casa donde pasé mi infancia, pero a mí personalmente no me gustaba. Siempre me pareció un lugar triste, oscuro… Debo ser un inculto pero yo no le veía sentido”, prosigue.

Decidido a no hacer de ella su residencia habitual, la puso a la venta, no sin antes contactar con la Fundación Alejandro de la Sota. “Se ofrecieron a asesorarme para reformarla, pero no estaban interesados en su compra. Pretendían que yo me gastara una fortuna para que ellos pudieran seguir disfrutándola”, sostiene. Pedía por ella algo menos de 600.000 euros, “un precio barato porque estaba en muy mal estado”, pero en el año y medio que estuvo a la venta solo pasaron por allí “cinco o seis posibles compradores”. A ninguno le convencía hacerse con este pedazo de historia de la arquitectura. Y su dueño se cansó de esperar. “No estaba dispuesto a mantener ese nivel de gasto ni a malvenderla por menos de lo que vale el solar así que, ejerciendo mi derecho, la tiré”, zanja. De eso hace ya más de un año.

“Era uno de los edificios más representativos del Movimiento Moderno, firmado por uno de sus arquitectos más significados, ¿cómo es posible que el proyecto de derribo pasara por varios filtros administrativos sin que nadie diera la voz de alarma?”, se pregunta Celestino García Braña, presidente de la Fundación Docomomo Ibérica, dedicada a difundir el legado del Movimiento Moderno. La respuesta es sencilla. El edificio carecía de cualquier grado de protección, no estaba catalogado, por lo que su derribo era perfectamente legal. Sin embargo, el caso no deja de ser representativo de la incertidumbre que amenaza buena parte del patrimonio arquitectónico reciente.

“Existe una sensibilidad respecto a la arquitectura histórica pero no respecto a la contemporánea”, lamenta en un comunicado el Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid. Tras conocer la noticia, el organismo ha llamado a las instituciones a velar por los edificios singulares, instando a los ayuntamientos a incluir en sus catálogos también las construcciones actuales de valor. Para su decano, José María Ezquiaga, el derribo de la Casa Guzmán es una «pérdida irreparable» en la obra del que considera “padre intelectual de muchos de los grandes arquitectos actuales”.

El propio Alejandro de la Sota, fallecido en 1996, vivió con pesar la demolición de otra de sus obras significativas, una original vivienda unifamiliar ubicada en la madrileña calle Doctor Arce. Con una fachada casi opaca hacia la calle, la casa se abría hacia el jardín gracias a los grandes ventanales que rasgaban sus muros curvos. Una rareza. Su propietario, ante el temor de que fuera catalogada, precipitó su demolición en la Semana Santa de 1987. Hoy hay en su lugar un bloque de viviendas.

Otra de sus obras más significativas, la fábrica de la compañía lechera Clesa, se ha salvado de la piqueta gracias a la movilización ciudadana. Construido en 1961, este edificio diáfano y ligero de hormigón pretensado creó escuela y ha sido objeto de estudio por generaciones de arquitectos. Pero su actual propietaria, Metrovacesa, planeaba su demolición para dar un nuevo uso al solar. Una caseta de una empresa de derribos avistada en el recinto fabril en febrero de 2014 dio la voz de alarma y la Fundación Sota, el colegio profesional madrileño y Docomomo se unieron para frenar lo que consideraban un «crimen patrimonial». Finalmente la propiedad renunció a sus planes y convocó un concurso de ideas para devolver la vida al edificio, presa de las ratas. En el recuerdo estaba la sorpresiva demolición de ‘La Pagoda’, de Miguel Fisac, cuyo derribo de la noche a la mañana escandalizó a la profesión.

Hay más ejemplos. Sobre el complejo de Ponte Sarela, en Ourense Santiago de Compostela, una antigua curtiduría reconvertida en vivienda cuyo proyecto se mostró en la Bienal de Venecia y ha merecido premios internacionales, pesa también una orden de derribo por culpa de un pleito entre vecinos. Su autor es Víctor López Cotelo, el mismo colaborador de Sota que reformó la Casa Guzmán.

Son sólo algunos casos ilustrativos de la desprotección que amenaza a buena parte de la arquitectura española de la segunda mitad del siglo XX, que queda fuera de los inventarios de bienes culturales. Su mantenimiento depende únicamente de la sensibilidad artística de sus propietarios… Y la experiencia dice que el amor al arte suele perder la batalla frente a los intereses económicos.

En 1999 la piqueta acabó con la sede de laboratorios Jorba, conocida popularmente como ‘La Pagoda’, a la que el Ayuntamiento de Madrid, encabezado entonces por José María Álvarez del Manzano, había dejado fuera de su catálogo de edificios protegidos. Sus propietarios querían agotar la edificabilidad del solar y no dudaron en pasar por encima del brutalismo expresionista del maestro de Daimiel.

De poco sirvió la reacción airada de arquitectos e historiadores, que no pudieron hacer nada cuando las máquinas ya se habían puesto a trabajar. Fisac, que había construido decenas de iglesias durante el franquismo gracias a su cercanía al Opus Dei, vio descender radicalmente el número de encargos cuando abandonó ‘la Obra’ en 1955 para casarse. Con 86 años, vivió la demolición de ‘La Pagoda’ como una ‘vendetta’ del poderoso grupo religioso, aunque lo cierto es que fueron la especulación inmobiliaria y la miopía de las instituciones las que redujeron su trabajo a escombros.

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