Demolida la casa Guzmán… que no nos arrebatan también nuestro recuerdo.


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Casa Guzmán, 1972, de Alejandro De la Sota.

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Nueva construcción en sustitución de la casa Guzmán.

Yo que estaba entusiasmado por la entrada del 2017 para empezar con fuerza un año nuevo, pero se ve que las malas noticias se han adelantado ya que desgraciadamente nos han arrebatado la casa Guzmán.

Esta vivienda fue construida en 1972 por Alejandro de la Sota para uno de sus amigos, el ingeniero Enrique Guzmán, que la disfrutó hasta su fallecimiento en 2014. Sus herederos en cambio prefirieron demolerla para sustituirla por una construcción más del montón.

Por supuesto, su demolición es legal y una decisión libre del propietario, pero dentro de la legalidad se amparan muchas barbaridades y no por ello debemos callarnos.

Muchos argumentan que la arquitectura, incluida la moderna, debe valorarse como arte, y por ello ser preservada al tratarse de un legado cultural. La Fundación Alejandro De la Sota incluso plantea un símil con los cuadros o esculturas, que ningún heredero destruiría, si acaso las vendería de no ser de su agrado. Razón no le falta, pero personalmente prefiero evitar la palabra arte a la hora de referirme a la arquitectura, por todo lo que viene popularmente asociado al estilo.

Salvaguardar la memoria de nuestra cultura es imprescindible para que podamos evolucionar como sociedad, y la arquitectura forma parte de ese legado; pero la era moderna ha aportado un valor añadido que creo se omite si nos limitamos a hablar de arte, y es que, como dijo Breuer, más que un estilo, la arquitectura moderna es una actitud. Es el escenario que escogemos para nuestras vivencias, y cuando resulta ser de calidad como la casa Guzmán, se convierte en un estilo de VIDA.

Como actitud, este caso me recuerda la filosofía del Ser frente a la del Tener, de Erich Fromm. Resumiéndolo, mientras que un individuo en el modo Ser entiende su vida como un crecimiento de vivencias y experiencias, desde el modo Tener uno sólo se preocupa por acumular objetos, incluso conocimientos, pero por el simple hecho de acumular, lo que le conduce a un sentimiento de vacío e insatisfacción, y a siempre querer más.

El señor Guzmán disfrutó más de 40 años de su casa desde el Ser, una morada construida con materiales cerámicos que se integraba en un paisaje en parte creado por De la Sota. Su programa se desarrollaba en una planta baja ligeramente rehundida en el terreno, que en algún punto casi alcanzaba la terraza de su cubierta. Una vez abiertos los paneles de lamas de la fachada, los límites entre interior y exterior se diluían en una amplia terraza con pérgolas que la rodeaba. En palabras de De la Sota:

Hoy día podemos hacer una casa abierta que se cierre; parece que es una tontería, pero es así, esa es la gran novedad. Estar dentro de tu casa y que en ella penetre el jardín, que no pises una raya al pasar de dentro afuera.

En la biblioteca de la planta primera, las ventanas en esquina amplificaban sus vistas al valle del Jarama. Una construcción llena de sutilezas, incluso en el diseño de sus barandillas. El orgullo del señor Guzmán era tal que la enseñaba con agrado a sus visitantes, muchos de ellos estudiantes de arquitectura.

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Guzmán Junior prefirió en cambio pasarse al lado del Tener y demoler la casa de su padre para sustituirla por otra que encierra sus espacios en cajas, un cúmulo de habitaciones como cualquier vivienda del montón, sólo que más grande y con aires de grandeza frustrada por un terrible mal gusto. Enhorabuena señor Guzmán Junior, tiene usted un chalet enorme, de tres plantas ni más ni menos, donde poder acumular objetos sin fin, incluso usted mismo puede acumularse como un objeto más. Su padre Fue, usted Tiene. De nuevo, enhorabuena.

En cualquier caso, esta no es la razón real que impulsa este artículo. El modo Tener le ha arrastrado a una casa mediocre y forma de vida insulsa, pero como la suya hay muchas y son todas por supuesto legítimas. El verdadero problema radica en que de la mediocridad ha pasado al egoísmo más cobarde. La casa era suya y legalmente podía demolerla, así que ¿porqué permitir que otro friki de la arquitectura moderna disfrutara de su casa y de su entorno como lo hizo su padre? Por no querer, no quiso ni aceptar la ayuda que le brindó la fundación Alejandro de la Sota para encontrar un nuevo propietario que la preservara.

Aunque duela, si una obra de arquitectura ha hecho feliz a una persona, ha cumplido su función y debemos aceptar las pérdidas como parte de la vida misma. Pero cuando estas pérdidas se deben a una flagrante incultura y falta de sensibilidad de una sociedad volcada en el Tener que no sabe apreciar el valor de la vida desde el Ser, debemos denunciarlo. Creo que éste debe ser el verdadero lema de protesta: proteger la arquitectura moderna no solo porque sea un arte, sino por cómo nos permite saborear la vida.

Como moraleja positiva a esta pérdida, no permitamos que nos vendan la moto con una casa enorme para borrar de nuestra memoria los beneficios de VIVIR la arquitectura. Hagamos el favor de trabajar por el desarrollo de un ser humano pleno y feliz, no nos convirtamos en un ser manipulable en una sociedad de consumo de mediocridad. Si hay que consumir, consumamos excelencia. De hecho, señor Guzmán Junior, le doy las gracias porque personas como usted me dan más fuerzas para recordar obras como la casa Guzmán y personas valientes como su padre.

Fuentes

Artículo de la Fundación Alejandro de la Sota.

Si os interesa saber más sobre Erich Fromm:

Las convicciones de Erich Fromm.

¿Tener o Ser? De Erich Fromm.

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