Arquitectura y progreso, el despertar de los corderos!


Aviso a navegantes: Artículo de extrema acidez que puede herir su sensibilidad. No apto para lectores sin sentido del humor. Ningún lobo sufrió daños durante su redacción.

Lobo o cordero

A veces te levantas con la sensación de que cada día nos lo ponen más difícil, transformándonos en burócratas expertos en sortear situaciones que rozan incluso lo ridículo. Para colmo, te acabas enterando que hace más de 100 años los arquitectos se quejaban de lo mismo. Vamos, que parece que esta sociedad del siglo XXI, tan sabia y evolucionada tiene más bien memoria de pez y no se aburre de cometer los mismos errores una y otra vez, sólo que con más papeleo y normativas.

Quitándome esta tontería mental de arquitecto, hay que reconocer que esto se podría extrapolar a todas las profesiones, que debemos aprender a hacer tripas corazón y seguir avanzando. Digamos que son gajes del oficio, pero pensándolo más a fondo llego a ciertas conclusiones que incluso me cabrean.

Empezaré dando las gracias a la crisis. Afortunadamente he logrado mantenerme en mi sector, pero esa gran “libertadora” me hizo dos favores, la primera dejarme en la cuneta un par de años, y cuando lo pierdes casi todo pierdes hasta el “miedo” a opinar libremente y a denunciar la imbecilidad humana… y la segunda, la mejor, que los “lobos” de esta sociedad privilegiada se han quitado la máscara, seguramente por la sensación de confianza e impunidad que les proporciona la crisis, pero al menos les vemos las caras en incluso las ideas. La gente pierde sus trabajos y derechos, se siente insegura, se desanima, se crispa… Desgraciadamente muchos creemos que los “especuladores” (de lo que sea) se aprovechan de esta situación para reducir al mínimo nuestra capacidad de exigencia y decisión, para así ser más manejables.

En verdad somos corderos indefensos, pero únicamente porque nos comportamos como tales, a veces por falta de opciones o lo que es peor, por cobardía frente a otras oportunidades. Esto es psicología pura, y el miedo junto al victimismo agudizan la inercia a permanecer estancado, aunque nos perjudique. No pienso hablar de política, ni de economía, ni de los recortes en derechos laborales y sociales… Todo ello me indigna, por supuesto, pero el conocimiento parcial, o desconocimiento, como queráis llamarlo, unido al cabreo conduce sin remedio a la demagogia, así que me limitaré a lo que creo más conocer, la arquitectura, que denuncias no me faltan.

Denuncio nuestra persistencia por vivir en edificios insulsos, cajas mal pensadas y mal construidas, valorando más por ejemplo los metros cuadrados que la calidad espacial, cuando además disponemos de las ideas de más de 100 años de una arquitectura moderna tan variada!

Denuncio el miedo a ser discordantes, acabando siempre en convencionalismos.

Denuncio nuestra reticencia al progreso con la excusa de la mala situación económica. El progreso implica una inversión y por supuesto un riesgo, pero sin él no podríamos presumir de sociedad de bienestar. Y pongo de ejemplo a los que se escudan y victimizan convencidos de que la certificación energética es un mero trámite para recaudar dinero, y por ello, para qué pagar más de 30€ por un simple papel. Pobrecitos… mentirse es libre, pero no gratis, ya veremos si dentro de unos años somos capaces de asumir las consecuencias económicas, energéticas, ambientales….

Denuncio en definitiva la parsimonia humana a la hora de invertir en felicidad, crecimiento y evolución, en especial del lado emocional. La arquitectura no consiste en saber colocar un ladrillo sobre otro, sino en la cualidad del espacio que genera. Eso repercute directamente en nuestro confort, tanto físico como mental, y por lo tanto en nuestro estado de ánimo. Una arquitectura digna dignifica y embellece la vida del ser humano, lo hace más feliz y seguro. Lo fortalece como ser libre, todo lo opuesto a un cordero dócil y manipulable, que es lo que persiguen los “lobos”. Los “corderitos” en cambio parecen sufrir tal síndrome de Estocolmo que resulta difícil saltarse cualquier convencionalismo, a los que parecen incluso adictos. Y recalco ésto último, que es lo peor, adictos a las necesidades creadas por los “lobos”.

¿Saben qué señores? Este cordero se rebela!  Los miedos y lo supérfluo ya me aburren, y pienso llenar el mundo de belleza y alegría! Incluso acabo de perder el miedo a ser cursi, quién lo diría.

Como agradecimiento a los que soportáis mi acidez, he escogido dos obras entre tantas que podrían resumir las razones por las que merece la pena apostar por esta profesión. Con esta elección he intentado además mostrar dos obras lejanas en el tiempo dentro de la actual arquitectura moderna: el edificio de La Johnson Wax de Wright en Racine (1936) y la plaza Ecópolis en Rivas (2010) de Ecosistema Urbano.

El edificio de la Johnson Wax es la prueba de lo costoso que puede llegar a ser el progreso, pero también de sus beneficios. Quiero resaltar que toda esa inversión se tradujo en el aumento del rendimiento de los trabajadores en un 25%, además de pasar a ser el edificio emblema de una empresa de éxito mundial. Invertir en diseño de calidad es por tanto un valor añadido, y si le sumamos uno de los mayores retos del s.XXI de ahorro de energía y sostenibilidad, el resultado puede ser el de la plaza Ecópolis junto a la escuela infantil Rayuela.

Espero que disfrutéis de los siguientes vídeos, recordar que encontraréis más información sobre estos dos proyectos en la sección de vídeos, planos y galerías.

Posdata: Todos los corderos que no se rebelaron nos los comimos.

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